martes, 14 de septiembre de 2010

Rico y Feliz

 Por J Omar Tejeiro R.

Jericó era la ciudad de los palacios, de los teatros y de los hipódromos. Había sido embellecida por Herodes El Grande, el cual la levantó dos kilómetros más al SE de las famosas colinas Telles Sultán. Estaba adornada de hermosos parques e irrigada  a través de preciosos acueductos que llevaban el agua a toda su población.
Rodeada de una llanura, Jericó era conocida por sus palmeras de dátiles, sus productos de miel, aceite y especias aromáticas. En invierno, la ciudad tenía uno de los climas más agradables de toda esa zona oriental, por ello Herodes eligió éste valle para su residencia invernal. Aquí en esta ciudad vivía Zaqueo.

 Zaqueo era un hombre rico, jefe de una gran oficina de recaudación en el centro comercial de Jericó; trabajaba para el imperio romano y se había hecho rico gracias a sus paisanos judíos, a quienes exprimía recaudándoles impuestos y sanciones que manejaba a su entera libertad. Por ser un servidor de los romanos y por saber aprovechar su posición para enriquecerse, Zaqueo era un hombre odiado por todos los judíos de Jericó. En voz baja él era un ladrón con licencia para robar. Sus vecinos y el barrio donde vivía maldecían en secreto a éste rico cada vez que él pasaba frente a ellos.

Toda su vida estaba llena de abundancia pero también de aborrecimiento y de menosprecio. Como hombre rico Zaqueo conocía el gustoso placer de tenerlo todo, de comprar todo lo que quería; hasta que un día empezó a darse cuenta que habían cosas  imposibles de adquirirlas con dinero; podía comprar alegría y momentos gratos, pero no podía comprar la felicidad verdadera.
Descubrió que era capaz de comprar el placer, pero no el amor de su gente, ni el de Dios. En su casa llena de mullidos lechos, él encontraba el sueño, pero no el descanso y el reposo para su alma. Hasta que cierto día un inmenso bullicio y tumulto le llamó la atención. ¿Qué era lo que ocurría  ahora? Entonces alguien gritó: __ !Es Jesús que ahí viene¡ ¿Jesús? __ Sí, acaba de sanar a un ciego,  __ ¿Quién es Jesús? Mientras muchos gritaban y alababan a Dios y otros corrían llenos de una gran curiosidad, Zaqueo decidió conocer de vista a  Jesús. Leamos el relato Bíblico:

Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad.  Y he aquí, un hombre llamado Zaqueo, que era un principal de los publicanos y era rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura. Entonces corrió delante y subió a un árbol sicómoro para verle, pues había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, alzando la vista le vio y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende; porque hoy es necesario que me quede en tu casa. Entonces él descendió aprisa y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a alojarse en la casa de un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. Lucas 19: 1- 10

Zaqueo era un hombre rico pero con alma pobre, era un hombre de manos llenas pero de corazón vacío, era espiritualmente como un Lázaro hambriento, como una samaritana sedienta; fue su hambre y su sed, su pobreza y su miseria interior que lo impulsaron a subir a ese Sicómoro bendito, a ese madero notable, para ver a Jesús. Pero no sólo él vio a Jesús, el Señor lo vio a él y como escribiese algún poeta: 


Yo no te ví, Jesús, tú me miraste
y al verme en mi dolor y ciego,
Tu mano extendiste y con tu fuego
La ceguera de mi espíritu sanaste.

Los ojos puros y santos de Cristo, vieron a aquel pobre rico, y él que lo conoce todo conoció su hambre y palpó la sed de su alma odiada y entonces le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende; porque hoy es necesario que me quede en tu casa. Y Zaqueo no sólo abrió su casa a Dios, abrió su corazón de ladrón, de estafador y avaro. Confesó su ambición, y arrepentido dio la mitad de su fortuna a la gente pobre y todas sus defraudaciones las devolvió cuadruplicadas. Ahora Zaqueo era un rico feliz.

¿Es usted un rico pobre, igual que Zaqueo? Permítame invitarle a reflexionar en esta verdad salida de los labios de Cristo: Las tierras de un hombre rico habían producido mucho. Y él razonaba dentro de sí, diciendo: "¿Qué haré? Porque ya no tengo dónde juntar mis productos." Entonces dijo: "¡Esto haré! Derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes. Allí juntaré todo mi grano y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, alégrate."  Pero Dios le dijo:"¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma; y lo que has provisto, ¿Para quién será?" Así es el que hace tesoro para sí y no es rico para con Dios. Lucas 12: 16- 21.

Ven a Dios con toda tu pobreza de hombre rico, confiésale a Él tus ambiciones y ventajas, pídele perdón; ven a su madero, sube hasta el sicómoro sangrante; ven arrepentido hoy por que Él quiere posar no sólo en tu casa sino también en tu corazón. Apocalipsis 3: 20. Él puede hacer de ti un rico feliz. La siguiente oración puede ayudarte a venir a Cristo:

Dios mío, dador de toda buena dádiva, vengo hoy a ti tal como soy de pecador. Con mi corazón lleno de ambiciones y pobreza espiritual, reconociendo que el dinero y las posesiones materiales que tengo no pueden salvar mi alma, ni librar mi vida de la perdición eterna. Vengo a ofrecerte todos mis logros y mis éxitos; te suplico que en este instante me perdones por todo acto ventajoso e injusto hacia mis familiares y hacia mi prójimo, perdóname por haber codiciado los bienes ajenos, por haber creído que son las cosas materiales las que nos hacen felices. Perdóname Señor, por haber traído dolor y rabia al corazón de mi familia, a causa de mi vida mundana y materialista, por ganar las cosas materiales he vivido perdiendo y menospreciando el amor que ellos me han querido dar, te abro ahora mi corazón te pido que tu sangre me lave de toda maldad y pecado notable y oculto. Quiero ser desde hoy, aquel Zaqueo que has venido a visitar el cual has hallado, y en el cual estoy representado; te lo pido en el nombre de Jesús, y por el poder de tu Espíritu Santo, Amén.