sábado, 25 de septiembre de 2010

Supere el Fracaso

 Por J Omar Tejeiro Ramirez

El término fracaso hace referencia a la frustración (cuando se malogra una pretensión o un proyecto) y al resultado adverso en un algún proyecto o propósito. Un fracaso es, por lo tanto, un suceso lastimoso, inopinado y funesto. Por otra parte, el concepto permite nombrar a la caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento.
En la sociedad actual, el estimulo permanente de la competitividad genera que el fracaso sea visto como un estigma. Los “ganadores” son encumbrados e idolatrados, mientras que los “perdedores” son mal vistos y obligados a pagar por sus fracasos. Los fracasos perjudican la capacidad de reacción y afectan al bienestar personal.
El rechazo social al fracaso promueve un mecanismo defensivo en la gente, que la lleva a no reconocer los fallos y las limitaciones personales. El hecho de cometer errores y no responsabilizarse por ellos constituye una incapacidad humana. Hay que tener en cuenta que los especialistas consideran al fracaso como un paso ineludible y valioso para poder avanzar en la vida. Los errores y el fracaso permiten el aprendizaje.
Tarde o temprano todo ser humano experimentará en mayor o en menor grado el fracaso y debido a que interiormente hemos sido preparados para el éxito, el fracaso puede producirnos una crisis total, afectando muchas veces nuestra salud física, emocional y espiritual. Nuestra reacción al fracaso inicia casi siempre, con un sentimiento de culpa y de impotencia muy grandes. Inconscientemente nos convertimos en jueces severos y crueles verdugos de nosotros mismos. No nos perdonamos haber fallado o fracasado, haber sido tan confiados con aquellos que nos hicieron daño y prometemos con el corazón adolorido, que nunca más volveremos a confiar en alguien.
El fracaso es devastador para toda persona sobre todo por la sensación humillante, sorprendente y contradictoria para nuestro ser interior que no acepta, ni asimila tal experiencia o condición. Una actitud que prolonga el sufrimiento es culpar también a los demás de lo que nos pasa. Los culpamos de habernos fallado, de traidores, de impedirnos progresar, de haber matado nuestros sueños e ilusiones, etc. Lo peor de todo en esta situación es culpar a Dios mismo de nuestra desgracia. Vemos a Dios como un ser cruel, duro, sin misericordia, que nunca nos oyó en nuestras oraciones. Que no estuvo a nuestro lado cuando más lo necesitamos.
De esta experiencia pasamos al resentimiento, a la frustración, a la ira sin control y a la amargura. Perdemos la paz, la alegría, la dulzura, dejamos de actuar por amor y nos hacemos desconfiados y casi paranoicos. Dejamos poco a poco de ser felices y nos sumimos en la crítica, la murmuración y en un odio solapado que no nos deja perdonar, ni pedir perdón. Tal cosa nos impide cerrar ese capítulo doloroso y mantiene abiertas las heridas y la contienda puede ser elevada a situaciones extremas y al punto de la mutua agresión. 

Es aquí donde toda persona debe decidir, si se lanza al abismo o se detiene. Si perdona o se muere con su rabia y su odio. Debe decidir determinante si busca a Dios quien le ama a pesar de todo, o si le da la espalda al único que tiene el poder de sacarlo de tal condición.
Jesucristo, el Hijo de Dios vino al mundo para que todo aquel que en el crea, no se pierda. Jesucristo puede ayudarte a encontrar el perdón de tus pecados, puede darte la paz interior que necesitas y puede reconciliarte con Dios y tus enemigos. Deja de culparte tu mismo, porque el remordimiento no te ayudara. Confiésele a Dios tus pecados y errores y el te dará el perdón que necesitas. Jesucristo nos ha abierto sus brazos sangrantes para recibirnos, acudamos a Él, que es poderoso para socorrernos.
Cuentan que un muy buen hombre vivía en el campo pero tenía problemas físicos, cuando un día se le apareció Jesús y le dijo: "Necesito que vayas hacia aquella gran roca de la montaña, y te pido que la empujes día y noche durante un año". El hombre quedó perplejo cuando escuchó esas palabras, pero obedeció y se dirigió hacia la enorme roca de varias toneladas que Jesús le mostró. Empezó a empujarla con todas sus fuerzas, día tras día, pero no conseguía moverla ni un milímetro. A las pocas semanas llegó el diablo y le puso pensamientos en su mente:  "¿Por qué sigues obedeciendo a Jesús? Yo no seguiría a alguien que me  haga trabajar tanto y sin sentido. Debes alejarte, ya que es estúpido que sigas empujando esa roca, nunca la vas a mover".

El hombre trataba de pedirle a Jesús que le ayudara para no dudar de su voluntad, y aunque no entendía se mantuvo en pié con su decisión de empujar. Con los meses, desde que se ponía el sol hasta que se ocultaba aquel hombre empujaba la enorme roca sin poder moverla, mientras tanto su cuerpo se fortalecía, sus brazos y piernas se hicieron fuertes por el esfuerzo de todos los días. Cuando se cumplió el tiempo el hombre elevó una oración a Jesús y le dijo: "Ya he hecho lo que me pediste, pero he fracasado, no pude mover la piedra ni un centímetro". Y se sentó a llorar amargamente pensando en su muy evidente fracaso.  Jesús apareció en ese momento y le dijo: "¿Por qué lloras? ¿Acaso no te pedí  que empujaras la roca? Yo nunca te pedí que la movieras, en cambio mírate ,  tu problema físico ha desaparecido. NO has fracasado, yo he conseguido mi meta, y tú fuiste parte de mi plan".

Muchas veces al igual que este hombre, vemos como ilógicas las situaciones, problemas y adversidades de la vida, y empezamos a buscarle lógica, nuestra lógica, a la voluntad de Dios y viene el enemigo y nos dice que no servimos, que somos inútiles o que no podemos seguir. El día de hoy es un llamado a "empujar" sin importar qué tantos pensamientos de duda ponga el enemigo en
nuestras mentes, pongamos todo en las manos de Jesús, y Él por medio de su voluntad nunca nos hará perder el tiempo, mas bien, nos hará ser más fuertes!
Recupera en el nombre de Jesús de Nazaret el poder de amar, la capacidad de perdonar y de pedir perdón, rescata la sonrisa perdida, olvida el pasado doloroso y triste, nunca más mire hacia atrás, Jesucristo te ayudara a ser feliz aquí en la tierra mientras viva y en la eternidad. Con Jesucristo, podrás ver que el fracaso es solo una prueba de fe, una oportunidad de Dios en favor de tu vida. Perdiste solo una batalla pero no la guerra. Levántate como un soldado valiente que aun estando herido, quiere seguir luchando por su país. No permitas que el diablo te destruya, escapa por tu vida, Jesucristo vino por ti al rescate, aférrate a su mano poderosa, recíbelo ahora en tu corazón.
Oración
Padre Nuestro que estás en el cielo santificado sea tu nombre, ven a mí con tu misericordia y tu perdón. Dame valor para sobreponerme al fracaso y al miedo. Perdona ahora mis ofensas y ayúdame a perdonar a todos los que me han ofendido. Te recibo Jesús en mi corazón como mi Señor y mi salvador. Santifícame con tu sangre derramada sobre la cruz por mis pecados, borra mis maldades y fracasos y hazme una persona feliz, sirviéndote para siempre, amén.